Los autos pasan, y solo queda el recuerdo de sus luces en el camino ya
transitado. Mi perfume se desvanece en el viento, pero las cuentas ha pagar
permanecen en la puerta mi heladera esperando por ser saldadas.
Luego de una siesta en una tarde fría, he decidido hacer algo por mí
misma. Me ato el pelo en forma de rodete con mi propia cabellera, me pongo ropa
deportiva y salgo para la calle.
No solo pasan los autos y me voy despojando de mi perfume, también me
desprendo de mí misma; de mis sufrimientos, mis miedos, mis ansias, las
expectativas, las corazonadas y las ilusiones. Todo esto en un abrir y cerrar de
ojos, mientras que el proceso se ha extendido siglos dentro mío.
¿cómo son las cosas de la vida, cuando uno trabaja tanto para
conseguirlas, logrando un templo interno al cual recurrir cada vez que la
inestabilidad toque a la puerta? Llegar al templo significa un arduo camino en
tinieblas, pero prender el sahumerio, dejar la plegaria y esperar el cometido,
solo requiere algunos segundos, pero intensos.
He dejado las luces de los autos y a ellos mismos tras mis pasos, como
mi perfume, como mi templo, del cual aunque se intente, es imposible
deslindarse, ya que es como una sombra, que hasta en la oscuridad se sabe que
contamos con ella.
Retorno, pero distinta;
los autos no son los mismos,
mi perfume ha
cambiado,
mis autocríticas disminuyen
y mi templo se ha renovado.
agosto de 2010
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