Eran dos personas comunes y silvestres
sentadas en un parque, uno en cada lado,
esperando por encontrarse,
que durante el día, se pasaban las horas mirando al cielo
para no mirar en su corazón,
porque si no,
iban a tener que escuchar las verdades
más profundas y temibles de todas:
el AMOR que sentían.
Ese que no se puede esconder,
no se disimula,
no se calla,
no se ensordece en ningún recital,
y crece
cre
ceeeeeeeeee
cre
ceeeeeeeee
al ritmo de un péndulo de un antiguo reloj.
Y cada vez se hace más profundo,
las raíces se van instalando,
toman tu cuerpo,
tus palabras,
tus miradas,
tus silencios
y los minutos que tardan en volver a verse.
Todo era anónimo para ellos,
no para los demás
que los observaban en silencio
esperando que las palabras los enreden
y los una, al ritmo de las escenas vividas.