Que bueno fue llegar al edificio, saludar a una extraña, tratar de meter la llave en ese pequeño espacio donde corresponde, mirarme al espejo y ver una sonrisa
Subí la escalera hasta que me encontré con la puerta de mi casa, vi una pequeña luz asomarse por debajo de la misma, la cual provenía de la calle, atravesando el balcón y todo el departamento para por fin aparecer junto a mis pies a punto de ingresar.
Fue un placer entrar y no tener luz, me permitió estar en mi casa, junto a mí y a mis pensamientos. Los ruidos de la calle se reducen al transitar ese estado, solo la lluvia y mi llamador de ángeles ( como le dice la gente), se siente en primer plano además del viento.
No solo los ruidos del fuera se aplacan, sino que los de adentro desaparecen, permitiendo que los latidos del corazón y los pensamientos iluminen el espacio.
Veo la lluvia gracias a la luz de la calle; la escucho caer y la siento en el aire. Esta secuencia me calma y me excita, empujándome al papel, para luego comenzar a escribir. Poco a poco las palabras se hacen presentes a través de mi mano, las repito y me aturden por dentro, sin darme cuenta que desde que entré, todavía no he abierto la boca ni emitido sonido alguno.
De pronto escucho el ruido de los electrodomésticos indicando que la luz ha vuelto, pero yo me quedo inmóvil junto a la venta. Prefiero perdurar un rato más en este espacio que se abrió ante mí.
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